domingo, 31 de mayo de 2009

PEP SALVADOR

Articulo de Ramón Besa (El Pais)
Una sombra de tristeza recorre la mirada de Dolors cuando recuerda la fecha: "El 4 de septiembre de 1984 se lo llevaron", pronuncia con precisión. Es el día en que el fútbol le arrancó a su hijo de sus brazos, cuando Josep apenas tenía 13 años. El día en que el Barça acogía en su seno a un chaval enclenque y pequeño con escasa pinta de futbolista. El día en que Josep Guardiola Sala ingresaba en La Masía, la factoría de futbolistas blaugrana, colgado de una bolsa que abultaba más que él. El club daba entrada al que con los años, como jugador, se convertiría en símbolo; al que, como entrenador, va camino de convertirse en mito.

Llegó a La Masía acompañado por sus padres y por Pere, su hermano pequeño. Les enseñaron las instalaciones y al llegar a la habitación de literas que le correspondía, su cara se iluminó. Josep miró a su madre y le dijo: "¡Oh, mare, cada día, cuando abra la ventana veré el Camp Nou!". Allí empezó a gestarse un sueño. Un sueño que se convirtió en 16 títulos con el Barça en su etapa de jugador. Un sueño que, desde el banquillo, ha rescatado al Barça de la crisis total para colocarlo a las puertas de un triplete histórico.

Aquel día, Josep, que así es como siempre le llamaron en casa, empezó a convertirse en Pep.

Guardiola cruza el gran patio de la ciudad deportiva del Barça, a las afueras de Barcelona, y gira la cabeza, mirando al horizonte. Cruza entre los fotógrafos con los andares de uno de aquellos tipos trajeados de Reservoir dogs, la película de Tarantino.

Su llegada al organigrama técnico blaugrana tiene su miga. El día en que se gestó, Evarist Murtra, vocal y miembro de la comisión delegada, tenía dentista. Le tenían que poner unos implantes, cuenta. De modo que llegó tarde a la exposición de Txiki Beguiristain, que planteaba ante la directiva sus cambios en la dirección del fútbol base: Beguiristain había pensado en Guardiola como responsable de entrenadores de la cantera, junto con Alexanco; para ellos trabajaría Luis Enrique como entrenador del Barça B. Murtra llegó tarde y Laporta le pidió a Beguiristain que hiciera un resumen. Murtra escuchó. Sabía que a Guardiola, en aquel momento, con el curso de entrenador recién sacado, lo que le apetecía era entrenar, no dirigir; ponerse el chándal y dar órdenes en el césped, no en los despachos.

Así que cuando Beguiristain abandonaba la sala de juntas, Murtra salió detrás de él como si necesitara ir al lavabo. En el momento en que el director deportivo se aprestaba a tomar el ascensor, Murtra (siempre, según su relato) le dijo: "Oye, Txiki, haz el favor de llamar primero a Pep, no vaya a ser que a él lo que le apetezca sea entrenar".

Al final, Guardiola acabó sentándose en el banquillo del filial, aunque no estuviera en el guión. Ahí, en el segundo equipo, fue ganándose la confianza de todo un club, desde el presidente escéptico hasta el empleado que corta el césped. Su entusiasmo, su ilusión, su dedicación obsesiva y sus interminables jornadas empezaron a crear una huella en la ciudad deportiva Joan Gamper. Para cuando llegó la crisis de la era Frank Rijkaard -y una vez descartado Van Basten- Guardiola se convertía en la opción natural; saltaba del banquillo del filial al del primer equipo. De Tercera División a Primera.

Fue una apuesta de riesgo en un momento de crisis. Una apuesta por un novato que había devuelto el fútbol al maltrecho Barça B. Guardiola, con tan sólo un año de experiencia, se lanzó a la piscina. "Siempre da un paso adelante, es un tipo que está seguro de lo que hace", dice Guillermo Amor, su ex compañero de equipo, una referencia para Guardiola. "Afronta los retos con carácter y está preparado intelectualmente".

A sus 38 años, Guardiola es una apisonadora. Como su equipo. En su entorno le describen como un hombre inteligente, apasionado y obsesivo, un torrente que ha sacudido la institución. "Se tiene que pegar unas dormidas impresionantes", bromea Xavi, hombre clave de este Barça. "No hay secreto: él lo da todo, no se da un respiro. Es un enfermo del fútbol, no sé si se da cuenta de su intensidad. Se implica tanto y hay tanto compromiso por su parte que si no respondes, quedas retratado".

Su autoexigencia viene de lejos. El propio Jordi Pujol la ha utilizado más de una vez en sus mítines. Dolors, la madre de Pep, pasa las páginas del álbum familiar, en la casa de Santpedor. Aparece la imagen del pequeño Guardiola recogiendo un trofeo al mejor jugador del torneo de manos del president, año 1986. Pero está llorando. Llora porque ha fallado un penalti. Le puede más la rabia por el fallo que la alegría por el premio. Autoexigencia.

Cuenta Dolors que el pequeño Guardiola iba para futbolista porque daba muchas patadas en el vientre. Valentí, el padre, que trabajaba de albañil, recuerda que el nen rompió la cuna de sus hermanas mayores de las patadas que daba cuando era bebé. Vamos, que apuntaba maneras. Una chica del pueblo, Pilar, cinco años mayor que él, fue con quien Pep empezó a jugar al fútbol.

Los cuatro hermanos Guardiola recibieron una educación honrada, estricta. "Bastante rígida", dice Pere, el hermano pequeño, sentado a los mandos de su Audi.

-Niños, ¿queréis parar de jugar a la pelota?

-¡Que no, mamá, que queremos jugar!

-¡Bueno, haced lo que queráis!

Cuando se producía esta escena, Pere y Pep se miraban. Pere animaba a seguir dando balonazos. A Pep le daba el ataque de responsabilidad y se guardaba la pelota bajo el brazo. "Siempre fue muy responsable", recalca su hermano, con esa voz ligeramente velada y esa mirada intensa, de pillo. "Es muy pesado cuando algo se le mete en la cabeza, no para. Es leal, fiel, honesto, un tío especial. También tiene sus cositas, se vuelca en lo suyo, se encierra".

El escritor y cineasta David Trueba es uno de los grandes amigos de Guardiola. "Viene de una familia muy humilde, pero son muy brillantes, muy honestos", cuenta, "nada le ha influido tanto como su familia". Trueba se ríe al recordar el carrerón que Guardiola se metió por la banda en la semifinal de la Champions, cuando Iniesta marcaba en el descuento el gol que significaba el pase a la final. "Durante quince segundos, se le olvidó que ya no era el recogepelotas, hasta que de pronto se dio cuenta y se ajustó la corbata: ¡coño, que soy el entrenador! Pep aún tiene el alma del niño que jugaba a la pelota en su pueblo".

De su conocida inclinación por los libros, la música y el cine ya se hacen bastantes chistes en el programa Crackòvia de TV3. David Trueba es uno de sus gurús: le recomienda películas, libros. El gusto por la ropa chic le viene por parte de su compañera, Cristina Serra, cuya familia tiene una conocida tienda de ropa. Cristina es la mujer que alimentó sus finos gustos, los viajes, la fotografía, la lectura. Manel Estiarte, el maradona del waterpolo español y gran amigo de Guardiola, define a Cristina Serra: "Es una mujer que une a la madre de antes con la mujer de hoy: capaz, moderna, con idiomas, arreglada". O sea, en las antípodas del prototipo de mujer de futbolista.

"Es muy orgulloso", dice su hermano, "y por eso el tema de la nandrolona fue un golpe brutal". Al acabar su etapa de jugador en el Barça, cansado de la presión del entorno, Guardiola se marchó a Italia a probar suerte. Estaba jugando en el Brescia, en 2001, cuando fue acusado de doparse. Llamó a su amigo Manel Estiarte, que entonces estaba también en Italia, en Pescara: "Necesito un abogado". Al día siguiente, Estiarte cogía un avión para plantarse en su casa. "Pensaba encontrar a una persona hundida, pero se había tirado toda la noche documentándose, ya estaba vivo". Se tomó la defensa de su inocencia a pecho. Obsesivo. Pep es obsesivo. Y más si se trata de defender su prestigio. Seis años más tarde, en 2007, ya retirado, la justicia le daba la razón. La batalla fue larga, pero obtuvo recompensa. "Es un diésel", define Evarist Murtra, que fue vicepresidente del Barcelona en la época de Josep Lluís Núñez.

Atardece en Santpedor y los niños, con petos naranjas y amarillos, se ejercitan sobre el césped del polideportivo municipal. Como no podía ser de otro modo, las instalaciones llevan el nombre del ídolo local. "Aquí el número cuatro se paga caro; todos los niños quieren llevarlo a la espalda", dice Isidoro Mata, el presidente del Club de Fútbol Santpedor. El cuatro era el número de Guardiola. Un número que adquirió un nuevo significado en el Barcelona de Dios; perdón, de Cruyff. Milla, Guardiola, Celades... El Barça es una fábrica de cuatros. Siguen saliendo cracks con vocación de cuatros. Xavi, Iniesta, Sergio Busquets. La producción no para.

"Siempre me ha cautivado Pep", dice Xavi, "era el más rápido mentalmente". El jugador explica cómo jugaba Guardiola con una sucesión de veloces movimientos de cuello, mirando de un lado a otro: "Parecía que tenía un ojo en la nuca, todo el rato girando la cabeza, como si tuviera retrovisores". Guardiola veía la jugada antes que los demás.

Parece que en el banquillo, esa mirada que se anticipa tampoco le da malos resultados. "Nos analiza los partidos, nos dice por dónde podemos entrar, da tres matices, y a jugar". En su equipo los defensas atacan y los delanteros defienden. Se juega desarrollando el guión que empezó a escribir Cruyff: 4-3-3, atacar, jugar la pelota. Tan sencillo y tan complicado. "Para un futbolista, el fútbol que propone es un lujo", resume Xavi.

Guardiola conoce muy bien la casa. Es culé hasta el tuétano. Luchó por tener su propio equipo de técnicos, y todos señalan que eso fue un acierto. "Sabía que si tenía el control del vestuario, triunfaría", dice su representante, José María Orobitg, "se rodeó de gente leal y no de trepas". No es un déspota. Sabe cómo tratar a los jugadores. Horas de trabajo, pasión, exigencia. Y compromiso con una manera de entender el fútbol. Son algunos de los factores que ayudan a explicar un éxito. "Dejó claro que por encima de todas las individualidades está el grupo", dice Evarist Murtra. Juan Carlos Unzué, el entrenador de porteros, que estuvo cinco temporadas con Rijkaard y ahora una con Pep, lo explica de forma concisa: "Cuando haces algo que sientes y crees en ello, eso se transmite. Además, el fútbol lo ve muy rápido".

Su amigo David Trueba dice que no le ve haciendo las maletas para irse a entrenar a Turquía, o donde toque, el día en que su aventura en el Barça termine. "Lo veo entrenando a niños".

Cantona esta triste, su Manchester a sido derrotado, pero los Iluminados no perciben tristeza en sus ojos, en el fondo de la sala, apoltronado en un cómodo sofá, su cara evoca una sonrisa justo cuando en la television aparece Guardiola levantando la Champions, se miran unos a otros extrañados, ¿porque sonríe Cantona?

muy sencillo, esta viendo a su discípulo, al hombre que muy pronto se hará cargo de los Iluminados cuando el ya no este en el Club, Pep Guardiola la luz suprema.

Estés donde estés, un abrazo Salvador.

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sábado, 23 de mayo de 2009

EL FUTBOLISTA MAOISTA

En la década de 1970 hubo un futbolista que era seguidor de Mao Tse Tung y la revolución cultural china: el alemán Paul Breitner, quien como muchos jóvenes de Alemania y el mundo en los setenta, era seguidor de Mao y la Revolución China. Breitner pertenece a la generación de mayo del 68, partidario de Ho Chi Minh, lector del Libro Rojo y admirador del Che Guevara. Llegó a ser jugador profesional en 1970, jugando de lateral izquierdo. Con apenas 22 años y luciendo el famoso “afro”, fue campeón mundial con la selección de la República Federal de Alemania, anotando el gol en la final ante Holanda, la sorprendente naranja mecánica. Pese a esto, no tuvo nunca una buena relación con la selección nacional, llegando a renunciar tres veces. Breitner pasó a jugar en el medio campo al ser fichado por el Real Madrid, cuya llegada al club merengue era equivalente a la de un marciano. ¡Un maoísta en el club de Franco! Encontrándose allí dio muestra de su rebeldía al dar medio millón de pesetas como donativo a obreros metalúrgicos de la fábrica Standard que se encontraban en huelga. Su oposición al capitalismo, encarnado en los dirigentes del Real Madrid, le valió que el club lo declarara “jugador conflictivo” y cancelara su contrato, regresando a su club de origen: el Bayern de Munich. Breitner fue campeón de la copa mundo en 1974, subcampeón mundial en 1982, campeón de la copa Europa de naciones y campeón de la copa de Europa de clubes, logrando también varios títulos nacionales. Por su excelente rendimiento futbolístico y su potencia fue calificado como el mejor centrocampista alemán. Se dijo de él que era un futbolista “capaz de pensar y poner en práctica con las piernas lo que concebía con la cabeza”. Todo en 13 intensos años de carrera futbolística, retirándose en 1983 por una lesión. Un año antes, el Partido Comunista Chino había abandonado oficialmente el maoísmo. Se este o no deacuerdo con sus ideales, nadie puede negar el inconfundible sello Iluminado de su persona, Aunque Cantona tendrá que estar una tarde con el, para explicarle que es una votación consensuada entre todos, algo que Mao practicaba mañana tarde y noche,menudo pedazo de genocida, una vergüenza de persona, un sátrapa y dictador, ¡Paul Breitner Iluminado!

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viernes, 15 de mayo de 2009

PERRO CALLEJERO

Un genial posteo de el gran Ruben Uria nos acerca a la figura de un tipo iluminadamente loco tanto dentro como fuera del campo.
Según David Coles, prestigioso periodista de la BBC, ‘los mejores futbolistas de la historia han sido Bobby Moore, Maradona, George Best, Cruyff, Yashin, Rivelino, Beckenbauer, Bobby Charlton, Pelé y... Robin Friday'. Nada Nuevo bajo el sol, salvo por el último nombre de la lista de mejores jugadores de todos los tiempos, Robin Friday, un auténtico desconocido para el gran público. Marginal y autodestructivo, capaz de lo mejor y de lo peor, Robin Friday fue un futbolista del Reading que brilló de manera tan fugaz como sonada en Las Islas, durante la década de los setenta. Se hizo famoso por sus golazos en la cuarta división inglesa y sobre todo, por sus excesos con el whisky, el vodka, la cerveza y su afición a los clubes nocturnos y las drogas. Nunca llegó a jugar en Primera división, y murió hecho un auténtico despojo humano, víctima de una sobredosis de heroína, cuando acababa de cumplir los 38 años. La sórdida historia de Friday sirvió para inspirar a muchos grupos británicos, como Los Super Furry Animals, y también fue icono de referencia para los hermanos Gallagher y su grupo, Oasis. Además, el libro sobre las aventuras y desventuras del peculiar futbolista, ‘The Greatest Footballist you never saw‘ [El mejor futbolista que viste jamás], es el fiel relato de la vida de un goleador incomprendido que, como en la canción del grupo Los Secretos, ‘no sabía explicar por qué se volvía vulgar al bajarse de cada escenario'. Es la sorprendente historia de Robin Friday, el rey del fútbol que nunca llegó a coronarse. La historia del hombre que pudo reinar.

Robin Friday nació en el verano de 1952, un 27 de junio, justo tres minutos antes que su hermano gemelo Tony y creció, como Diego Armando Maradona, en un barrio privado. Porque Hammersmith, su hábitat natural, era exactamente eso. Un barrio privado. Privado de luz, privado de agua y privado de comodidades. Como Villa Fiorito, el arrabal que vio crecer al pequeño Maradona. En su época infantil comenzó a jugar en el Queen's Park Rangers y poco después los cadetes del Chelsea y también en el Walthamshow Avenue. Sin embargo, escogió jugar en el Hayes, un equipo más que modesto de Cuarta División, por dos poderosas razones: primero, su estadio estaba cerca de su casa, en Acton; y segundo, la sede del club estaba muy cerca de un pub donde servían cerveza algo más que barata. El Hayes, que atravesaba dificultades económicas y que estaba formado por trabajadores del barrio, solía disputar sus partidos los sábados. En la mayoría, salía a jugar con diez hombres. El motivo era Robin Friday. Cuenta la leyenda que solía llegar siempre tarde, y que tenían que ir a buscarle de taberna en taberna, hasta dar con su paradero. Normalmente, solía estar atiborrado de cervezas en algún pub, o dormido en algún banco del parque. Cuando le daban la voz de alerta y le decían que el partido del Hayes ya había comenzado, Friday se acercaba al lugar del partido, se ponía la camiseta y jugaba como si estuviera poseído por alguna extraña fuerza. Dicen que, incluso borracho, era capaz de marcar varios goles. Su estómago estaba hecho a prueba de bombas, así que el bueno de Robin solía ser decisivo en todos los partidos de su equipo, incluso estando en permanente estado de embriaguez. Friday agarraba la pelota, demostraba que tenía alas en los pies, eludía a todos los defensas y siempre encontraba una autopista hacia la portería contraria. Jugaba con una insultante facilidad. Y nadie era capaz de frenar sus esláloms con la pelota pegada al pie. Entre otras cosas, porque el único enemigo de Robin Friday era el propio Robin Friday.

En 1972, la vida le dio el primer aviso serio a Friday. Un hospital llamó a la sede del Hayes por aquellas fechas. Habían encontrado a Robin absolutamente borracho, ensartado en una púa metálica de una verja. La púa le había atravesado la espalda, había perforado el estómago y también había rozado uno de sus pulmones. Una ambulancia le trasladó de inmediato al hospital donde, después de seis intensas horas de operación en el quirófano, los médicos lograron que no se fuera para el otro barrio. Tres meses después de aquel incidente, Friday se recuperó y volvió a jugar al fútbol con regularidad. En uno de sus esporádicas actuaciones con el Hayes, captó la atención de Charlie Hurley, un manager que apostó por su calidad y le firmó su primer contrato, 750 libras. En 1974 fichó por el Reading, que militaba en Tercera. Fue allí donde, en marzo de ese año, marcó uno de los mejores goles de la historia del fútbol inglés, ante el Tranmere Rovers. Un tanto que tuvo tanta plasticidad y belleza que el árbitro del encuentro, Clive Thomas tardó en conceder el gol porque, después de ver con sus ojos aquel gol, se había quedado de piedra, con las manos en la cabeza y sin saber qué decir. Después de esa exhibición, su entrenador, Maurice Evans, quiso hablar seriamente con él acerca de su futuro.

- Oye Friday, si sigues con nosotros tres o cuatro años, jugarás en Inglaterra.
- Y usted...¿Cuántos años tiene usted? - contestó Friday-.
- Pues tengo muchos, muchos años - replicó el entrenador- ¿Por qué?
- Mire entrenador - remató Friday -, tengo la mitad de su edad y yo ya he vivido tanto que, con mi edad, ya he vivido dos veces su vida.

También fue en el seno del Reading donde, de la noche a la mañana, decidió desaparecer. Corría el año 1975, y Robin Friday había desparecido en combate, encontrándose en paradero desconocido, incluso hasta para sus familiares, que no sabían nada de él. La directiva del Reading tardó casi un mes en encontrarle. Vivía en Cornwall, en una comuna hippie. Allí había descubierto la filosofía ‘peace and love', la marihuana y los estupefacientes.

El último cartucho de la carrera del controvertido Friday llegó cuando el Cardiff City, de Gales, se prestó a dar un golpe de efecto y depositar 30.000 libras esterlinas por sus servicios. Allí firmó un par de goles propios de Best, dejó regates que hubiera firmado Mané Garrincha e incluso se permitió el lujo de anotar dos golazos al West Ham, equipo en el que entonces jugaba Bobby Moore, uno de los mejores defensas de todos los tiempos. Su aventura en Cardiff, para variar, fue tan efímera como las otras. Con la camiseta del City sólo disputó 25 encuentros, para después, por rutina, volver a descender a los infiernos. El Pelé de Hammersmith volvió a beber de manera compulsiva - quizá porque nunca lo dejó-, volvió a protagonizar sonadas espantadas y fue acusado de trapichear con drogas y trabar amistad con algunos camellos de los bajos fondos. Su último escándalo público llegó al ser detenido por la policía después de colarse en un tren sin pagar el billete. Sorprendido por los agentes, Robin Friday se resistió a que le arrestaran, y acabó por obsequiar a uno de los bobbys que le querían detener con un beso en la boca. Acabó en prisión por desacato a la autoridad. Después de aquello, no hubo vuelta atrás para Friday. Su estrella se apagó, ningún equipo quiso rescatarle de su abandono y terminó vagabundeando por las calles, borracho y drogado. Algo que no fue óbice para que, en una votación popular, los seguidores del Cardiff City le votaran como Mejor Jugador de la Historia del Club, por delante de Robert Earnshow y de un viejo conocido de la afición española, el galés John Toshack.

Un 22 de diciembre de 1990, cuando todavía no había cumplido los 40 años, apareció muerto. La autopsia revelaría que Robin Friday, el héroe del suburbio de Hammersmith, había fallecido al ser víctima de una sobredosis de heroína, lo que le provocó un paro cardiaco. Era la crónica de una muerte anunciada. El triste final para un talento que se volvía vulgar al bajarse de cada escenario. Dejó viuda a su esposa, Maxine, y huérfana a su hija, que hoy es abogada de Derecho Penal, así como numerosas deudas de juego y tráfico de drogas.

Hace justo un año, un 12 de febrero de 2008, la prensa inglesa publicaba el ránking más peculiar y curioso de toda la historia del fútbol de Las Islas. El título del ránking era el siguiente: "Los diez chicos más malos del fútbol inglés". En el top-ten, algunos clásicos como Stig Tofting, Lee Hughes, Eric Cantona, Paolo Di Canio, Tony Adams o el célebre Vinnie Jones. Sin embargo, el primer lugar, por abrumadora mayoría, era para un tipo que jamás llegó a jugar en Primera División, y que era conocido como "El Pelé de Hammersmith". Robin Friday fue, según la prensa inglesa, el mayor "Bad Boy" de la historia. En su currículum, lindezas de todo pelaje: Arrestos policiales, trifulcas en cafeterías, dos pubs arrasados la misma noche, coqueteos con las drogas, acabar ensartado en una verja sin motivo aparente, ingresar en una comunidad hippie o patear la cabeza del ex del Liverpool Mark Lawrenson - hoy periodista de la BBC- para después, no contento con eso, colarse en el vestuario y defecar dentro de la bolsa de deporte del agredido. Robin Friday, el chico más malo de Inglaterra, el rebelde sin causa que acabó convertido en un juguete roto, sigue siendo un icono entre los aficionados de Las Islas.

En España continúa siendo un futbolista anónimo, un absoluto desconocido para el gran público, pero los que le vieron jugar aseguran que, de no haber llevado esa vida, Robin Friday habría sido el mejor centrocampista del país. En su lugar, la botella acabó con su poder y la droga paró el latido de su corazón. Robin Friday fue el chico más malo de toda Inglaterra y uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Un ángel en el campo, un diablo fuera de él. Un superdotado en el verde y un despojo fuera de él. Un dios del fútbol y un apóstol de las drogas. Jamás llegó a jugar en Primera División, pero su leyenda forma parte de la historia. Robin Friday fue el hombre que pudo reinar.

Nombramos por aclamación a Robin Friday fundador honorífico de el Club de los Iluminados, un cuadro con su autorretrato acompañara a sus compañeros Iluminando las paredes del salón principal, descansa en paz Robin.

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