lunes, 22 de junio de 2009

LA COSA NOSTRA

En 1974 un hecho histórico se produjo en el Calcio, aquel año la Lazio de Roma ante la sorpresa generalizada, se alzo con el único Scudetto de toda su historia, aunque lo verdaderamente sorprendente es la historia que se esconde detrás de ese vestuario.
Se trataba de un vestuario corrupto,violento,lleno de mafia y matones.

En las taquillas del vestuario de la Lazio de Roma era frecuente ver cómo muchos de sus futbolistas llevaban pistolas, navajas, machetes y alguna que otra escopeta, al punto de que aquel escenario era más propio de un cuartel militar o de un arsenal del ejército, más que un simple lugar donde guardar las botas o el frasco de linimento. Además, dentro de aquellas cuatro paredes, de puertas para adentro, el clima del vestuario laciale era de guerra civil. Existía una división entre dos clanes. El primero estaba liderado por Giorgio Chinaglia, un delantero tan carismático como peligroso. Un ariete de malas pulgas, ideología fascista y un irrefrenable impulso por las armas de fuego. El otro clan era liderado por Gigi Martini, todo corazón y nervio, que tampoco escatimaba en recurrir a la violencia cuando era necesario. La mayoría de los futbolistas de la Lazio provenía del ambiente militar, de brigadas paracaidistas o de grupos radicales de ultraderecha. Cuenta la leyenda que el enfrentamiento era tan feroz entre los dos grupos, que los partidillos de entrenamiento eran auténticas finales. Se sabía a qué hora empezaban, pero no cuándo terminaban. Jugaban, jugaban y jugaban…hasta que la cosa solía quedar resuelta en empate y los dos bandos estaban algo satisfechos por haber salvado su honor. Eran dos equipos en uno, pero como confesaba uno de sus integrantes, Vicenzo D’Amico, dentro del campo todos dejaban de lado sus diferencias y hacían causa común contra el enemigo. La Lazio era una jauría humana, que fuera del césped se amenazaba de muerte, y que dentro del campo eran una hermandad de ángeles del infierno.

- Llevábamos pistola casi todos - relata D’Amico- y había dos equipos distintos, ni nos veíamos en los hoteles. Si un grupo ya había utilizado un secador de pelo, por ejemplo, el otro no se atrevía ni a tocarlo. Eso sí, en el campo éramos sólo un equipo. Si en un partido alguien le hacía daño a Chinaglia o Wilson, que eran de su clan, Martini y los suyos se comían al que lo hubiera hecho. Luego, durante la semana, ni nos hablábamos.

En mitad del fuego cruzado del vestuario sobrevivía, y con cierta autoridad, el entrenador, Tommasso Maestrelli. Su fórmula para ser querido y respetado en el vestuario era muy sencilla. Cuando conversaba a solas con Chinaglia, le decía que era el líder del grupo. Cuando charlaba con Martini, le decía lo mismo. El abuelo Maestrelli era el apagafuegos de aquel grupo de jóvenes salvajes, de unos futbolistas que fuera de los terrenos de juego eran casi delincuentes, y que no respetaban ni a nada ni a nadie, empezando por ellos mismos. Maestrelli, más un policía que un entrenador, no sólo realizaba esfuerzos titánicos para mediar entre la facción de Martini y la de Chinaglia, sino que ejercía también como padre de los más jóvenes. Les guiaba dentro y fuera del campo, les confiscaba las armas si las veía, le aconsejaba que no bebieran en el vestuario e incluso les llegaba a esconder el dinero, para que no lo malgastaran comprando licores o estupefacientes. Gracias al venerable Maestrelli, la sangre nunca llegaba al río, y las dos facciones nunca acabaron por destrozar el nombre de la institución, sino todo lo contrario. El pique insano de ambos bandos era, precisamente, lo que estimulaba a unos y otros para hacer a la Lazio aún más competitiva. Con el profesor Tommaso Maestrelli apretando las tuercas del bando de Martini y del bando de Chinaglia, la Lazio firmó unos números de escándalo en la temporada 73-74. Le birló el Scudetto a la Juventus, entonces el gran favorito al título, ganó 18 partidos de 30, sólo encajó cinco derrotas en toda la temporada y su goleador, Giorgio Chinaglia, acabó como capo cannoniere. Aquella Lazio mítica estaba integrada por once nombres propios que pasaron a la historia del Calcio: Pulici; Petrelli, Martini, Wilson, Oddi, Nanni, Garlaschelli, Re Cecconi, Chinaglia, Frustalupi y D’Amico. Once gladiadores, once rebeldes, once locos, once pistoleros, que sólo obedecían la voz de su entrenador, Maestrelli.

Después de aquel milagroso éxito, la todopoderosa Juventus llamó a las puertas del profesor Maestrelli y le ofreció muchísimo dinero por abandonar la Lazio, pero Don Tommassino jamás se marchó de Roma. Siguió cuidando de su ‘grupo salvaje’, firmó a una promesa, Giordano, que acabaría por dar tardes de gloria al club, y preparó con esmero la Copa de Europa. Sin embargo, los caprichos del destino acabarían con los planes de Maestrelli. Los graves incidentes ante el Ipswich Town echaron a la Lazio de la competición europea, y justo entonces, después de aquel golpe, sobrevino el mazazo definitivo. Durante un partido, el técnico de la Lazio empezó a sentir un dolor insufrible en el estómago, y tuvo que ser atendido por los médicos. Después del chequeo, los doctores diagnosticaron que Maestrelli tenía un tumor maligno irreversible, y que debía abandonar el banquillo, porque le quedaban apenas tres meses de vida. Don Tommasino, el profesor de la Lazio, se vio obligado a abandonar al equipo, y se le buscó un sustituto. Sin embargo, el entrenador más humano de toda Italia no se dejó vencer así como así por su enfermedad. La habían dado sólo tres meses de vida, pero se aferró a ella con todas sus fuerzas y aguantó un año y medio entre los vivos, el tiempo suficiente para ver cómo la Lazio salvaba la categoría. Maestrelli, el hombre que unía al vestuario de su equipo, fallecía el 2 de diciembre de 1976. Sin él, sus jugadores no volverían a caminar por la senda del triunfo.

Para el resto del ‘grupo salvaje’ de aquella Lazio hubo un antes y un después de la muerte de Don Tommassino, y muchos de ellos tuvieron diferentes suerte en sus vidas cuando decidieron colgar las botas. El más agraciado fuera de los terrenos de juego ha sido Vicenzo D’ Amico, el niño prodigio que Maestrelli hizo brillar en los años setenta. D’Amico, que era el fantasista del grupo, pasó toda su vida en la Lazio, jugó sus últimos partidos en el Ternaza y a día de hoy es el comentarista estrella de la Radio Televisión Italiana. A otro que no le fue nada mal fue a Joseph Pino Wilson, hijo de un oficial de la Marina británica establecido en Nápoles, un tipo que compartía el gusto por la violencia de sus compañeros de equipo, pero que tenía la cabeza mejor amueblada. Después de ganar el Scudetti con la Lazio, abandonó el fútbol y se licenció en Derecho. También tuvo futuro como picapleitos otro símbolo de la Lazio, el portero Felipe Pulici, que acabó ligado a los servicios jurídicos del club, y que no tuvo una decorosa salida cuando estalló el caso de la extraña nacionalización del argentino Juan Sebastián Verón, con Sergio Cragnotti como presidente. Por otro lado, a uno de los capos del vestuario, al lateral izquierdo Gigi Martini, enemigo mortal de Chinaglia, al que amenazó de muerte en varias ocasiones, todo le salió como había planeado. Martini siempre había sido un tipo que presumía de tener inquietudes políticas, así que después de abandonar la práctica del fútbol, se dedicó en cuerpo y alma a su gran pasión, consiguiendo ser parlamentario de la fuerza Alianza Nacional, un grupo de ideología neoposfascista.

A uno de los que le fue bastante peor fue a Mario Frustaluppi, mediocentro de aquel equipazo en el campo y aquella banda armada fuera del terreno de juego. Brilló en la Lazio en los años setenta como alma del club, junto a estrellas como Chinaglia, pero no tuvo una buena salida de Roma y acabó siendo traspasado al Cesena primero y al Pistoiese después. Después de varias lesiones, se retiró del fútbol en 1981. Sólo nueve años después, Frustaluppi sufría un accidente de tráfico y fallecía a consecuencia de las graves heridas. Sólo tenía 48 años.

El que nunca supo encontrar su lugar en el mundo al margen del fútbol fue el más ilustre pirata del vestuario, el delantero Giorgio Chinaglia. Un hombre violento, duro, de comportamiento casi mafioso, que Guy Chiappaverti, prestigioso periodista italiano y autor del libro Pistolas y Balones, definió así: ‘Chinaglia, más conocido como ‘Long John’ fue el corazón de aquel equipo de locos, salvajes y sentimentales, simpatizantes fascistas, pistoleros y paracaidistas, jugadores de azar y bailarines de club nocturno, con dos vestuarios; quien entraba en la habitación errónea corría el riesgo de encontrarse con la amenaza de una botella rota bajo el cuello”. Después del campeonato de 1974, donde Chinaglia fue una máquina de hacer goles, ‘Long John’ se decidió por ver el color del dinero y aceptó abanondar la Lazio antes de tiempo para iniciar una aventura en la Liga de Estados Unidos, para promocionar el soccer. Pasó unos años en el famoso Cosmos de Nueva York, donde mantuvo otra guerra de egos en el vestuario, junto a Edson Arantes Do Nascimento, Pelé, o Franz Beckenbauer, entre otros. Tras colgar las botas, ‘Long John’ Chinaglia decidió convertirse en hombre de negocios. Aunque sus negocios, turbios, y oscuros en su mayoría, resultaron casi siempre un fracaso. Chinaglia, que seguía siendo un mito para los hinchas radicales del club, llegó a hacer una oferta de compra por la Lazio, aunque al final todo resultó ser un fraude total y un intento de especulación para quedarse con el club. La Justicia tomó cartas en el asunto, investigó las conexiones de Chinaglia con los hinchas fascistas de la Lazio y descubrió que varios de esos aficionados, en el nombre de Chinaglia, habían extorsionado y amenazado a las esposas del entonces presidente y entrenador de la Lazio, con el único objetivo de conseguir que vendieran el club a toda costa. A día de hoy, Giorgio ‘Long John’ Chinaglia sigue teniendo cuentas pendientes con la Justicia, está en busca y captura y está en paradero desconocido. Eso sí, sigue llevando consigo, según dicen, a su inseparable compañera. Una pistola Mágnum del 44. La misma que solía llevar al vestuario de aquella Lazio que ganó el Scudetto.

El peor parado de todos los componentes del ‘grupo salvaje’ de la Lazio fue Luciano Re Cecconi, un futbolista de gran talento conocido como L’ Angelo Biondo, El Ángel rubio. Sólo tres años después de que el conjunto laciale consiguiera su único campeonato de liga en toda su historia, la tragedia llamó a la puerta de El Ángel Rubio. Todo ocurrió cuando Re Cecconi y su compañero de equipo Ghedin - famosos en el vestuario por su sentido del humor- decidieron gastar una broma pesada a uno de sus íntimos amigos, Bruno Tabocchini, dueño de una joyería. Ambos futbolistas entraron en la joyería por sorpresa, y gritaron siete palabras que acabaron por ser fatales:

- ¡Arriba las manos, esto es un atraco!

El joyero, que estaba de espaldas, se sobresaltó por el grito, buscó una vieja pistola modelo ‘Walter’ que guardaba en el mostrador y se volvió, enfurecido, tratando de defenderse del supuesto asalto a su negocio. Taboechini se giró, abrió fuego y llenó de plomo a Re Cecconi, que murió en el acto. Aquella broma le costó la vida al jugador de la Lazio, cambió para siempre la vida de su compañero de vestuario, Ghedin, y se convirtió en una pesadilla que persiguió, de por vida, los sueños del joyero Taboechini, hincha confeso de la Lazio. La muerte de Luciano Re Cecconi, El Ángel Rubio, estremeció a toda Italia.

Aquella banda armada de salvajes, aquel equipo de paramilitares, aquella Lazio de Roma, ganó en 1974 el Scudetto. Lo hicieron en mitad de una guerra civil que libraban en su propio vestuario, en cada entrenamiento, en cada concentración. Acaso una de las primeras ecuaciones del germen del fascismo en los estadios italianos, la historia de aquella Lazio, las aventuras y desventuras de sus protagonistas, sigue siendo uno de los fenómenos más extraños de la historia del fútbol. Aquella Lazio, campeona de Italia, vivió subida a un terremoto de pasiones, violencia y fatalidad.

Nombramos a la Lazio 1974 por mayoría Iluminados de pleno derecho,no se a aplaudido, ni recibido de buen grado a unos personajes de tal calaña,aunque lo cierto esque la luz esta muy presente en su historia,Cantona les dará la bienvenida en persona,apretándoles la mano uno a uno,en la cocina tendrán café caliente y galletas recién salidas del horno,eso si un extenso grupo de seguridad se encargara de que no entren ni una sola arma,ni insignia ni emblema ¿Capito?

5 comentarios:

Jony dijo...

Preciosa historia, somo viene siendo habitual.

Por supuesto no la conocía y es satisfactorio conocer historias como éstas, aunque halla violencia y muerte de por medio.

El Fumador dijo...

Gracias por el cometario,la verdad que el utillero del equipo tenia que tener un par,vaya marron estar en ese vestuario.

lagartija dijo...

dios ke locos. vaya pedazo de historia

El Fumador dijo...

Ya ves, el padrino en estado puro,un placer tu comentario lagartija,seria una alegria que dejases mas comentarios en los post amigo, saludos.

Anónimo dijo...

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